miércoles, 20 de abril de 2011

Reflexión objetiva.



Desde que somos pequeños nos inculcan muchas cosas, entre ellas, las creencias religiosas; independientemente de las diferentes religiones y creencias, todas giran alrededor de un ser supremo y todo poderoso, una deidad omnipotente y misericordiosa llamada Dios.

A menudo Dios es concebido como el creador sobrenatural y el supervisor del universo, alguien inalcanzable para todas las razas, es la perfección pura que nos guía y a quien le debemos alabanza eterna por su bondad, aunque, también es el ser que castiga a los injustos y pecadores que no viven según sus mandamientos y a quienes no creen en el ciegamente.
Irónicamente debemos venerar a un ser sin saber acerca de su existencia y nunca cuestionarnos acerca de su omnipotencia y poder supremo; pero el ser humano es un ser que razona, y es imposible creer ciegamente en algo tan misterioso y complicado como lo es un dios que conoce nuestra vida por completo y que nos juzgará en el momento de nuestra muerte.

Existen muchas religiones en el mundo, diferentes formas de llamarle a esta divinidad y de rendirle tributo, pero si observamos con detenimiento las actitudes religiosas, todas tienen una única finalidad, el lucro.
Es muy fácil manipular la mente de las personas, principalmente porque los humanos somos seres inseguros, que necesitan creer en algo para sentirse seguros y apegarse a algún principio para vivir a partir de él y vivir pacíficamente en sociedad (ya que desde las sociedades antiguas se cumple el patrón de la religiosidad y la alabanza a un creador supremo).

En conclusión, la religión no es más que un medio para manipular a las personas y si ese Dios supremo que castiga la injusticia existe, no debería permitir que jueguen así con la mente y las emociones de las personas.